Lanzó un profundo gemido dislocado teñido de dolor, angustia y miedo. Ahí en medio de la calle, su cuerpo cayó desplomado inmediatamente después de la punzada que le atravesó.
Cerró los ojos y comenzó a temblar sin control. El dolor era inmenso, y apenas la dejó pensar en que podría ser un ataque epiléptico. Fue lo único que alcanzo a suponer. Su mente se desvaneció justo cuando su mano buscaba en su bolsillo izquierdo los medicamentos que nunca debió olvidar tomar esa mañana.
Sucumbió rápidamente ante el profundo dolor que la invadía. Fue tan intenso que la hizo gritar de nuevo y recuperar la conciencia, extraviada momentáneamente. Esto se había salido de control. La gente a su alrededor se hizo a un lado al ver como esa muchacha se contorsionaba envuelta en tal agudo sufrimiento.
Sus gritos enloquecidos rasgaron la seudo tranquilad de la calle.
Ella sintió como si su cuerpo estuviera siendo impactado por un trueno interminable. La agonía de estar siendo apuñalada sin piedad. Sintió que su cuerpo se desprendía por pedazos mientras su corazón parecía salírsele, palpitaba tan frenéticamente que de un momento reventaría su pecho para salir despedido a gran velocidad. Su rostro cubierto de sudor se desfiguraba al ritmo del sufrimiento endemoniado que la atormentaba. Sintió entonces, que su cuerpo se prendía en llamas que la envolvieron empeorando aún más su sufrimiento. Sus gritos hicieron eco sordo en su cabeza. El dolor la estaba destazando lentamente y parecía interminable. La carne de su cuerpo era un confusión de dolor puro e impulsos eléctricos que su sistema nervioso enviaba delirante a través de el. Sus ojos negros, inyectados de sangre se desorbitaron con una mueca retorcida.
No podía ser posible que la muerte doliera más que la vida misma. El temor la invadió entonces al sentir que su mayor pesadilla cobraba vida, la asfixia se le hizo más terrible que el dolor que le trituraba los huesos.
Derribada, se retorció hasta quedar con la cara contra el cemento frío de la acera. Gritaba y gritaba agónicamente y nadie le podía ayudar. Recordó la estatuilla dorada de Amitabha sobre el estante de la pared de su apartamento. No existía en ese momento más en su cabeza que el dolor. Un dolor puro que lentamente comenzó a concentrarse en su espalda hasta que se hizo una aguda presión concentrada en su columna. Como si cada una de sus vértebras estuvieran cediendo para que su columna vertebral se partiera en pedazos. Nunca antes había deseado morir tanto como ese día.
Y ocurrió entonces que la piel de sus hombros comenzó a expandirse sin control. Ninguno de los presentes había escuchado un grito tan desgarrador como el de la muchacha. Las gotas de sangre comenzaron a machar su camisa. Las fibras de algodón no pudieron resistir más la presión y comenzaron a rasgarse lentamente.
Como un golpe seco, la camisa cedió y se rompió súbitamente hasta que de ella no quedaron más que jirones esparcidos por la calle. Un grito que le destrozó la garganta se soltó al sentir como la delicada piel no fue capaza de aguantar y se empezó a desgarrar de a poco. La piel se le abrió con una explosión de sangre y músculos desvencijados. Y de su dorso comenzaron a salir cuatro enormes alas de colores brillantes, de cada costado.
Las extendió y grito desesperada nuevamente. El dolor había cesado por completo.
Temblando todavía logro incorporarse sobre el suelo con sus brazos estremecidos. Miro confusa y asustada en todas direcciones, y solo encontró cara desencajadas de asombro y perplejidad.
Sintiéndose muy apenada, secó las lágrimas de su rostro. Y como pudo salió volando, dejando una estela de sangre y partículas diminutas de color.
En el suelo quedó un pequeño frasco de color oscuro, que contenía unas pastillas blancas y una etiqueta, que decía: Lepidopterytina. Tome dos comprimidos cada mañana.
9.1.07
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