10.2.07

Su abuelo se lo contó una vez

El incesante traqueteo no la había dejado dormir. Se levantó de su cama y encendió la luz. De reojo vio que era la una y treinta y seis minutos de la madrugada del jueves. Un raro nortazo ululaba en las afueras, azotando las solaires de su ventana. Se levantó para ir al baño.
Regresó a su cama, apagó la luz de lámpara junto a su cama y se tendió, echándose la sábana y el cobertor de la cama sobre su cuerpo.
Con su cabeza en la almohada, el silencio de la noche la invadió. Y en medio de su sopor a medias, volvió a escuchar de nuevo el traqueteo.
Era un incómodo tronar como de madera, crujiendo constantemente como si fuera un enorme peso siendo arrastrado lentamente. Ella pretendió ignorarlo nuevamente, como lo había venido haciendo las últimas semanas atrás.
Pero pronto empezó a notar que el ruido se hacía cada vez más fuerte, como si se estuviera acercando.
Ahora ese ruido era una molestia.

Y Ella, como la muchacha sensata y civilizada que era, pensó en ir a putear al pendejo que estuviera jodiendo, a tales horas de la noche. Se preguntaba si valía la pena levantarse de su cama, sólo para ir a gritarle a –sepa Dios quien- y hacerlo que se callara.
Comenzó a dar vueltas en la cama. El sueño se le escapó y eso la hizo enojar. Aún peor: El tronido no paraba, y esto la hizo enojar todavía más.
Tiró la sabana y el cobertor, encendió la luz y se dispuso a ir a ver de qué se trataba todo el alboroto. Tomó un abrigo y se dirigió a la puerta. Estaba realmente enojada, porque ese “ruidito” no la había dejado dormir desde hacía noches. Y le estaba afectando en su aspecto al levantarse por las mañanas y aparte, en su trabajo.

La sala de su casa, tenía una ventana que daba hacía la calle, como la mayoría de las casas. Antes de llegar a la ventana, un escalofrío tremendo la hizo parar su marcha. El sonido se detuvo en ese momento. Sintió miedo de pronto; comenzó a sentir una zozobra que la invadía y el viento azotó con fuerza contra la puerta de entrada. Pensó en regresarse a su cama, pues el ruido que la había traído hasta la sala, había desaparecido por completo.
Sola, en la oscuridad parcial de su casa, retrocedió un par de pasos.
Cuando entonces, el tronar de la madera, apareció de nuevo. Sintió que la rabia la invadía y se precipitó sobre la ventana, abriéndola rápidamente. Y entonces la vio...

* * *

Su abuelo se lo contó una y mil veces, cuando niña. Y ella, como la mayoría de nosotros, se rehusó a creer tal cuento.
Pero ahí estaba.
Veinte años despues de haber escuchado acerca de eso; la contestación de si existía o no existía, estaba parqueada frente a su casa.
Tapó su boca con ambas manos para reprimir el grito que casi se le escapa. A pesar de tener los ojos bien abiertos, no lo podía creer.
Se acercó lentamente a la ventana. Para verla más de cerca.
El armatoste parecía un cachivache viejo. Con dos enormes ruedas a los lados. Todo de madera casi podrida y metal oxidado.
Tenía a cada extremo de la base enormes varas retorcidas como un grito y en sus extremos coronaban horrendas calaveras envejecidas.
Nadie paercía arrearla. Y en cualquier mometo parecía que cedería bajo el peso que transportaba: una pila de huesos y cadáveres que gemían -a pesar de muertos- y lanzaban maldiciones a todo mundo. Entre llantos, se dejaban escuchar los nombres de las personas del pueblo que actuaban incorrectamente.
La escena era impresionante. Un terrror nunca antes experimentado, abrazó su cuerpo en medio de la noche. No podía dejar de contemplar la escena.
Helada, con su corazón vuelto un frenético palpitar incesante, cada una de las palabras de su abuelo cobraban vida delante de sus ojos.
Se acercó un poco más para ver la calle.
Detrás del aparejo, una extensa procesión de muertos acompañaba el siniestro cortejo. Eran cientos de gentes con la cara desencajada en una mueca de dolor eterna, sus cuerpos se descomponían a cada paso, trozos de su carne seca se desprendían de sus cuerpos tambaleantes.
Era las almas en pena que vagaban sin poder encotrar el descanso eterno.
Portaban todos enormes velas de color negro y crepitaban las llamas a vaivén del viento enfurecido.
Ella cerró sus ojos y comenzó a suplicar porque todo esto fuera un sueño. Un amargo sueño.
Se apartó de la ventana horrorizada, se abrazó a si misma y retrocedió aún más, muy lentamente.
Un suave golpe contra el cristal de su ventana la hizo abrir sus ojos. Una figura ténue la llamó por su nombre. Era un hombre, que vestía de un profundo manto negro como el fondo de un pozo seco.
No tenía cabeza. se la solapa de su traje, brotaba un abundante amasijo de zacate y hojas.
Su mano, era un látigo de negro.
Se alejó unos pasos y súbitamente hizo estremecer el suelo con un iracundo golpe que parecío partir el suelo.
Inmediatamente las dos enormes ruedas de madera, se movieron, y comenzó a andar la procesión fúnebre.
El traqueteo que no la dejaba dormir taladró de nuevo sus oidos.
Entre gritos de dolor y deseperación, todo se perdió entre la bruma de una noche silenciosa.
Ella quedó ahí, tendida en el suelo, abrazando su cuerpo aterrorizada y con la mirada puesta en su ventana.
La hallarían muerta, dos días más tarde.

3 comentarios:

Ernesto Bautista dijo...

Bueno, y vos aparte de chambón, vas a estar de huevón con tu blog. Que estilo.

Ernesto Bautista dijo...

Bueno y a vos te agarro por dejar de bloguear pues.

Manuel Bolaños dijo...

vaya, que...cabrón....????