Tacho se subió al camión bien confiado, pensando en el vergo de pisto que llevaba envuelto en tirro y papel de empaque. Le acababan de pagar por vender uno de los solares que tenía ahí por Sonsonate. El ya estaba acostumbrado.
Se acomodó en el asiento, ajusto el espejo y le dio gracias a Dios, al momento de encender la marcha del picap.
Llegó rápido a la carretera, le esperaba un largo camino antes de entrar en la polvosa y maniobrar entre el pedrero de la calle que lo llevaba hasta su hacienda. No había problema, pues el carro era confiable.
Desde hace seis años, que lo tenía –gracias a Dios-, nunca le había fallado.
Se puso a pensar en que iba a invertir este capital. Siempre había pensado que sus últimos años los iba a pasar ocupándose de su terreno, cultivando hortalizas en el día y leyendo en diario por la tarde de frente al sol que se escondía atrás del cerro.
Dios bendijo este negocio y le salió mejor de lo que el mismo esperaba. Así que no había mucha prisa por ponerse a pensar en lo que iba a hacer con la plata.
Mejor descansaba un rato de hacer negocios, al fin que hacía ya bastante que no dejaba el trabajo.
La vida no fue fácil para el; como tampoco lo ha sido para muchos, pero ya era justo que se desafinar un poco de sus problemas.
Como la carretera era un trecho largo y sin curvas, no pudo evitar ponerse a recordar su vida. Desde cipote, chivando naipes para ganarse unos pesos, las talegueras de su juventud y los agarrones con machete que se pegó después con algún fulano terco.
Por obra de Dios que dejó todo eso desde que se encontró una buena mujer, se casó y tuvo sus hijos. Desde entonces que su vida estuvo llena de la gracia del Señor, que lo bendijo con cuatro hijos y un buen trabajo.
Tenía demasiado que agradecerle. Como la vez que, bien a verga, lo libro de todo mal. No se acordaba muy bien como, pero el hecho es fue que amaneció en su casa vivo, al día siguiente.
Se estaba haciendo tarde, pero gracias a Dios, el desvío de la calle para su hacienda se miraba por fin a unos metros de la carretera. Los amortiguadores comenzaron a meniarse cuando entró y una nube de polvo grueso envolvió el frente del carro.
En eso, una de esas escenas que eran comunes. Tacho no se lo esperaba para nada, y por supuesto, no lo deseaba. Pero no le dio tiempo de reaccionar, cuatro hombres con máscara lo interceptaron cerrándole el paso.
Por desgracia el ya sabía que esas cosas eran bien comunes por ahí. De seguro, ellos se dieron cuenta del pisto que acababa de ganar y ya se lo iban a güebiar. En lo único que pudo pensar fue en hacer un cambio rápido, y meter reversa.
27.3.07
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1 comentario:
=P "Gracias a Dios" que escribió algo nuevo, caco. "Primero Dios" publiqués la otra parte dentro de poco, por que está bien interesante. Nos vemos Cax.
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