Alicia, corrió hasta que ya no pudo más. Sus piernas se sintieron débiles por el esfuerzo de huir. Inclinó su cuerpo apoyándose sobre la pared, un solo segundo bastó.Su cuerpo se estremeció y comenzó a deslizarse por el borde de la pared, unos instantes más tarde el último aliento escapó de su cuerpo dejando sus ojos desorbitados. Su boca se cerró suavemente y expiró recostada contra la pared.Los ladrones huyeron después de la puñalada que le dieron en el costado a la pobre mujer, contra la pared. Se llevaron su cartera y las joyas que pudieron arrancarle.
------------------------------------------------------------------------
Su cuerpo fue cubierto con una manta de color blanco. Uno de los mismos forenses leyó de la Biblia el Salmo 31, se guardó el respectivo minuto de silencio. Una ventisca ligera sopló el lugar. Ya está-dijo alguien-Dios se llevó su alma. Los curiosos se dispersaron y los médicos de la policía recogieron sus cosas. La tarde comenzaba ceder en ese momento.Es que en esta ciudad, ya hay más difuntos que vivos. La violencia social ha colmado la paciencia de las autoridades, el pueblo y de paso, el cementerio. Sencillamente, los muertos no caben más bajo la tierra. Incluso sembrar una flor podría resultar en un macabro espectáculo, al toparse con una mano humana al excavar en el propio jardín de alguna casa.Hace meses que no se hacen funerales en la ciudad, con todos los cementerios abarrotados de muertos, ya es prácticamente imposible colocar otra lápida. Las compañías de servicios funerarios han quebrado, ya nadie los necesita. Y pronunciar la palabra "Réquiem" resulta un vulgar arcaísmo.
------------------------------------------------------------------------
Como la de Alicia, había muchas muertes a diario en la ciudad. Eso no es sorprendente.
Pero las autoridades, habían resulto dejar los cadáveres en las calles. Claro, no solo para tratar de reprimir la imparable ola delincuencial, sino también porque se enfrentaron a un problema que jamás civilización alguna tuvo antes.
Los cementerios estaban atestados de cadáveres. El suelo de la ciudad, la plaza, los parques, las iglesias e incluso las casas; todas estaban llenas de cadáveres.
La situación era alarmante. Y resultaba increíble. Pero bastaba nada más con un vistazo bajo el subsuelo para constatar que, en verdad, los cadáveres, ataúdes y huesos estaban por todas partes.
Hasta esto había llegado el mundo: Una situación tan caótica, que para algunos era un claro signo de que los seres humanos, habían rebasado los límites de lo racional.
Ya nadie, pedía milagros o paz. Decían: -Manda un Rayo, Dios… ¡Y fulmina a toda esta raza de monstruos!
Finalmente, los muertos superaron a los vivos. La ciudad de los muertos se erigía decrépita entre la podredumbre de los cuerpos que ya habitaban entre las calles. Una densa nube de color verde ennegrecido flotaba entre los edificios y la gente, que trataba tenazmente de sobreponer la situación. Las miradas muertas apenas se cruzaban.
Muy pronto, la gente comenzó a aceptar la realidad: “Todos estamos muertos. Sólo que nosotros aún caminamos”.
---------------------------------------------------------------------
¿Desde hace cuánto que vivís vos aquí? -le dijo aquel hombre, mientras se quitaba el abrigo y lo colocaba en la mesa.
Pues, desde siempre. -Le contesto Antonio
Me lo imaginé. ¿Quién sería capaz de mudarse a este pueblo muerto?
!Un café, por favor! Y no le ponga azúcar.... -levantando su mano.
En esta ciudad no existe el azúcar, la alegría ni la luz... -Le respondió la mesera desde el fondo.
Me imagino que no te molesta que me siente aqui con vos, ¿verdad?
No. la mesa es grande. -le contesto Antonio.
Yo -el hombre hizo una pausa- ; como todos, no tengo nada mas de que hablar, que de los muertos
Parece que a este pueblo le va a tomar años adaptarse a este infierno. -Le contesto Antonio, sorbiendo de su café.
¿Sabés? Acabo de pasar por el parque, y vi la última de las señales contra la violencia. !Todavía en pie!
Antonió intentó sonreir.
Las recuerdo. Pero, ¿No las habían arrancado todas ya?
Quien sabe, a lo mejor a alguien le pareció gracioso dejar esa última.
La mesera le puso el café sin azúcar sobre la mesilla de aluminio.
Yo personalmente -le dijo Antonio- Pensé y sigo pensando que es una estupidez prohibir las armas en lugares públicos. Es decir, cuando menos un gasto innecesario de presupuesto. Esas señales nunca hicieron nada nuevo. Nunca
La cuestión es: ¿cómo pretender que la gente haga caso de una señal en la calle?
Mirá, yo solo sé una cosa: Las pistolas no matan a la gente; la gente mata a la gente.
Mejor, -le replicó Antonio-, hubieran prohibido la circulación de la gente por las plazas públicas.
Al hombre le salió una sonrisa accidentada. El muchacho tenía razón.
---------------------------------------------------------------
Todas las tardes un denso aire olvidado descendía sobre la ciudad.
Era un bruma de tristeza y soledad, Un desconsuelo sin dueño que se esparcía por las aceras con cadáveres.
Finalmente, llegó el día. El día en que no hubo más asaltos. No hubo si quiera un herido. Todo estaba consumado, los delincuentes cedieron al ver que los cadáveres invadieron las calles, ellos como los demás ciudadanos no aguantaron la podrida realidad que yacía sobre las calles.
Los ciudadanos comenzaron a enfermar gravemente. Y quienes sucumbían quedaban ahí mismo, tirados sobre la calle.
La ciudad de los muertos logró su emancipación del mundo de los vivos un tres de mayo de algún día.
2.2.07
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
Y esto que es? El inicio de una historia (que por cierto estaria bien porque uno se pica) o una critica social?
Publicar un comentario