Era una sala enorme, suelo de madera. Ébano bien pulido, y cuidadosamente encerado. Las paredes estaban pintadas de un color café muy degradado, un tono como cuando el café se derrama sobre una camisa blanca. La habitación tenía tres ventanas. Una al norte, otra al sur y la otra al este. En la pared oeste estaba una puerta. Estaba ésta pintada de un color café mas profundo, que rivalizaba con el color del ébano pulido del piso. Era una puerta muy sólida marcada por dos cuadrados que la dividían a la mitad, y le daban un estilo más añejo.
Bien se podría decir que la habitación era nueva. Pero más bien, estaba remodelada, o talvez sea mejor decir limpia, y muy conservada.
La habitación, que se hallaba en el quinto piso de un edificio de apartamentos, justo en el centro de una bulliciosa ciudad; que para ser más explicativos digamos que poseía unos cinco por nueve metros aproximadamente, no tenía nada de particular y era una mas de las que lineaban el pasillo derecho de aquel quinto piso.
Las luces estaban apagadas. Pero este detalle es irrelevante, pues en este momento, la puerta de madera se está abriendo. Y la luz se encendió. Obviamente, el personaje que acaba de hacer acto de presencia, ha sido quien encendió la luz.
Arriba, colgando del encielado, que en un estilo mas simplista estaba constituido por placas de madera, no tan rígidas como las de la puerta, pendía vacilante un bombillo de 90 vatios, suficiente para dar luz los cinco por nueve metros de espacio físico.
Ante el simple acto de la ignición eléctrica de un interruptor, estratégicamente colocado detrás de la puerta, un impulso eléctrico recorre no se cuantos metros de cableado calado dentro de la pared, y una vez llegado al final de su recorrido, hace vibrar las partículas energéticas dentro de un reducido espacio cónico, cóncavo y transparente, y atornillado al cabo del cable negro, colgado del techo.
El resultado final de todo esto, era la combustión eléctrica de la luz, que permitía hacer visible tanto la anatomía arquitectónica de la descripción antes realizada, como la humanidad del solitario habitante del recinto.
Solitario no por mucho tiempo, pues el personaje se preparaba para recibir visitas. Visitas que habrían de ingresar de la misma manera en que lo hiciera él.
Cuando la aguja mas esbelta del reloj gris, casi plateado, colocado en la parte superior de la ventana sur, marcara el numero doce, en confabulación con la otra aguja mas corta en estatura, que ha de posarse sobre el siete, estaba previsto el arribo de los invitados a la reunión.
Y así como lo marca la tradición inmemorial de la raza humana, con un elegante retrazo los invitados comenzaron a ingresar.
Cabe ahora, hablar un poco sobre el individuo, primogénito, en cuanto al orden de llegada.
Nuestro sujeto se hallaba colocando y acomodando unas cuantas sillas, en orden, y formando un semicírculo casi perfecto en el que habrían de sentarse el resto de sus invitados, que eran nueve en total.
Su porte forzadamente elegante, se incompletaba por su figura escuálida, rostro inexpresivo y ojos pequeños.
Ya resuelto el detalle de la descripción del lugar y la hora, demás estos detalles irrelevantes, nos hace falta averiguar el motivo de tal reunión.
Los nueve nuevos individuos empezaron a llegar regularmente, mucho después de la hora prevista. Pero al final, estuvieron ahí, para darle motivo a la reunión.
Se podían contar diez individuos, lo cual era obvio y lógico hasta para el más obtuso de los detractores de la matemática. Todos ellos eran hombres, diremos de mediana edad, para establecer un rango de edades fácil de imaginar.
Nueve de ellos ocuparon la concéntrica formación de sillas, dejando libre un espacio razonable entre el inicio y el final de la irregular línea.
Levantándose de una silla, no diferente de las otras, y que precisamente estaba colocada en el espacio antes citado, el anfitrión, y que era también el primero que se hizo presente a la reunión, comenzó con un improvisado pero muy seguro discurso.
Sean bienvenidos, siéntanse como en su casa. Acomódense, y si es que todos estamos ya reunidos, no veo más impedimento para iniciar esta sesión de nuestro grupo.
Este grupo, que es nuevo y un tanto innovador, tiene un propósito muy benéfico.
Todos sabemos bien quienes somos nosotros, aunque no conozcamos nuestros nombres, sabemos bien nuestros oficios.
No hay necesidad de ocultarnos. Hablemos claro.
El primer paso, diría yo, seria aceptar nuestro error. Y en ese aspecto creo que todos podemos confesar abiertamente y sin temor a las consecuencias.
Repitan después de mí.
Yo estoy equivocado. Yo ya no quiero estar equivocado.
Y lo más importante de todo esto.
Yo soy un asesino.
Y yo no ya no quiero matar a nadie, nunca más.
Eso es. Díganlo. Reconozcan su error.
Ya no quiero matar más gente.
Muy bien dicho.
Todos, los diez asistentes a la reunión asentaron con la cabeza el acuerdo al que habían llegado.
Y ahora, vamos a tratar de frenar ese impulso negativo que nos hace caer en el error nuevamente.
Vamos a contar nuestras experiencias, para que así nos demos cuenta de lo horrible que es nuestra compulsión. Y acuérdense, jamás han oído hablar nada de un tal Bill W.
Creo que todos aquí, hemos matado a alguien en más de alguna ocasión. Así que compartamos la manera horrible en que ultimábamos a nuestras victimas. Espero que de esa manera, recapacitemos hacia una mejor vida, libre de errores.
Quién es el primero que desea compartir sus experiencias…
De los nueve restantes uno levanto su mano, haciéndola resaltar del que conducía la reunión.
Voy a ser yo.
Quiero decir, en primer lugar, que me siento muy feliz de poder asistir a este grupo de autoayuda, y espero que de esta manera, como lo ha dicho nuestro amigo, podamos salir de este oscuro vicio.
Yo he matado a muchas personas. Y yo acostumbraba a vigilarlas muy de cerca, estudiando sus movimientos y acechando, y cuando era el momento, los apuñalaba en medio de la oscuridad de la noche.
Terminó aceptando el confeso asesino, con lágrimas en los ojos.
No te sintás mal, le dijo el organizador, que para efectos nuestros es el primogénito por su orden de llegada. Acordáte que todos aquí somos iguales, no hay nada de que avergonzarse. Sólo tené en cuenta que este no es un vicio. Es una dependencia patológica, ninguno de nosotros hemos escogido esta vida, pero yo estoy seguro de que con la ayuda de un poder superior, todos podremos salir adelante.
Seguro alguien mas tiene otra experiencia.
Yo acostumbraba a asesinar solo niños. Vistiéndome como payaso. Dijo otro.
Yo asfixiaba a mis victimas.
Yo secuestraba a las personas a las personas y las lanzaba desde lugares muy altos.
Yo envenenaba a mis victimas.
El resto de las historias continuaron, detallando maneras mas horribles y llenas de macabra imaginación.
Y cuando cada uno de los nueve miembros terminó de relatar las distintas maneras que habían utilizado alguna vez, un silencio entre caras largas y arrepentidas se dejo sentir.
Y una pregunta, de entre todos prorrumpió al instante.
Y vos, decinos como hacías para matar a la gente.
Se le dirigió la pregunta al organizador…
La luz se apago…
Pues yo, les dijo, organizo falsas reuniones de homicidas que pretenden dejar de serlo.
Es una verdadera lástima tener que volver a encerar este piso de nuevo.
Pero ni modo.
24.12.06
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