Tirado sobre la calle con frío, hambre y soledad esperando a su hora ultima que llegue. Ella como todas sus mujeres, lo ha dejado plantado.
Ya sin esperanza, Tácito se incorporó tímidamente sobre la acera y sintió hambre. Creyó que era la última vez que la sentiría.
Se llevó las manos al rostro para lamentar que sintiera tanto miedo de la muerte. Y se dio por vencido. Su mano rodó junto a su cuerpo yacido en la calle, y se topó con un centavo de cobre. Lo tomo en su palma extendida y se preguntó cuando fue la última vez que tuvo tanto dinero.
Una sonrisa, yerma, pero al fin sonrisa se esbozó en su cara descuadrada. Eso era justo lo que necesitaba antes de recibir el cálido abrazo de la muerte. Pensó entonces si debía conservar la moneda consigo para que los policías que recojan su cadáver la tomen de propina, o desafiar a sus fuerzas y lanzarla a la calle.
Evitar quedar como un pobre diablo sin dinero ante sus sepultureros le sonaba tentador, pero de repente, se le ocurrió una idea. Esa moneda le podría servir para comida.
Tácito se llevo la moneda frente a su cara… y la contemplo…
-¡Vos me vas a salvar la vida!-
Y se la comió.
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