Era la primera vez que sentía como aquella cosa le penetraba incesantemente, destrozándole la inocuidad latente aún. La oscuridad parcial perecía tragarse la emoción del aciago trémulo de su cuerpo. Apenas un halo plateado insospechado se filtra, bañando con sutileza la lámpara muerta perfilada sobre la mesa junto al lecho de la impía escena. Maldita pues, la hora en que su sentido común cayo presa de los convencionalismos de una tan sola noche de autocompasión.
Sabía que esta trampa no tiene escape. La insospechada complicidad de su demonio más antagónico; que por seguro, la estaría viendo con lascivia, acompañaba cada saetazo. Corroídos implícitos los mórbidos pensamientos percutiendo estarían entre las bóvedas flagrantes de su imaginación.
A puerta cerrada, con inclusa ansiedad, donde sabía que nadie sería partícipe de su caducidad laxa, trémula insipiencia de la que su curiosidad estaba siendo víctima.
Una muerte inesperada para la contemporánea argucia de la que había sido partícipe su ascetismo. Ni la más intrépida de las maquinaciones existencialistas encontraría eco en tan sublime recinto. Ánfora de palpitaciones cerriles érase ahora el despojo de su inmaculado corazón, atizado por el estigma de la proterva hora en que su demonio le atrapó carente de las paradojas que le ataban otrora. Ese demonio la había capturado y no podía escapar más. Sabía que la situación se había salido de control, pero este monstruo era mucho más fuerte. Solo podía esperar que esto no le resultara tan atroz como pensaba. Ni la más mórbida de sus alucinaciones hubiese podido igualar antes, la faz de tal absurdo delirio salido, al parecer, de las fauces del averno. Nunca comprendió que esto sería tan terrible. Se lo habían dicho anteriormente, no faltó quien le insinuara de las osadías en que se embarcaría, pero su ávida curiosidad pudo más. En el fondo ella sabía que había algo posterior a tantos tabúes.
Sujeta sin poder liberarse, la criatura devoraba plácida su miedo, manando sin cesar de su cuerpo virgen. La oscuridad bañaba su cuerpo húmedo y temeroso. Más como el buen Caronte sabe navegar las aguas de Estigio, la situación esta, conducía la danza arrítmica en su infernal ingreso a las profundidades de la inocencia, de la cual salía con celeridad, arrancando gemidos de placer corruptos por la incesante pavura que los tornasolaba en austeros gritos ahogados, que nadie pudo escuchar.
En esta la hora última, en que su ingenuidad se extinguía, no era conveniente la presencia de Dios, que de nada serviría el ejército alado que en su auxilio ha de venir, valiente orfeón angélico que brinde resguardo, pues su adverso esta más bien exento de debilidades y más fuerte que su turbación primordial. Mejor dicho, que este leviatán absurdo que ella conocía bien, y por ende matarlo sería un suicidio.
Hálito de perversidad que se ha posado sobre su cuerpo y le ha invadido su corazón para regodearse luego con la mies que le ha sembrado. Voraz lujuria que le destroza el alma con las garras que arrullan la esfericidad de su cuerpo.
Hora infame para que la tortura inflingida le arranque las últimas exhalaciones de su boca luxada por esta lasciva emoción que le producía esta indecente acción. La oscuridad le atrapó por completo, y por un sólo momento, supo lo que era probar la ambrosía sacra de su propia traición desatada. Un viento helado le recorrió la espalda y le un arranco un extenso suspiro que ignicionó la mas perversa de las sensaciones, dando lugar al más fatuo de los placeres experimentados hasta ahora.
Una lágrima escapó de sus ojos vidriosos que espectaban fugaces tratando de captar a su verdugo envuelto en las sombras, quien reía fuerte ante el cadáver de su inocencia derrapada. Bendita sea la caducidad por no hacer de este un encuentro perpetuo que la conduzca a hasta la muerte. Su cuerpo húmedo yació largamente extendido sobre la cama. Lentamente la temperatura descendió hasta dejarle helado su cuerpo desnudo, exhausto y atenuado. Así terminó su suplicio mal habido. Su curiosidad saciada y sus alas de mariposa recién salidas del capullo de la candidez, ampliándose entre sus cabellos negros. Era el final, había sido todo consumado, tal lo fue una vez la hora final del condenado. Había sido la primera vez que ella se había masturbado.
26.12.06
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